El doctor Bruce Perry es experto en los casos de trauma infantil más severos. Un libro recoge sus vivencias.

Sara Polo 27/10/2016 El Mundo.

Tina tenía siete años. Sentada en un sofá, observaba detenidamente al tipo de 1,90 y aspecto estrafalario que tenía enfrente. Después de un largo silencio, cruzó la habitación y se acurrucó sobre el regazo de aquel hombre. «Me pareció un gesto tan bonito que me emocioné», rememora hoy él, 30 años más tarde. La cosa cambió rápido cuando la pequeña llevó la mano a su entrepierna y trató de bajarle la cremallera.

Tina fue la primera paciente del doctor Bruce Perry, su primer contacto con un mundo, el de la infancia, en el que un pequeño gesto puede cambiarlo todo. Ese efecto mariposa le espera cada día, desde aquellos tardíos años 80, al otro lado de la puerta. Y su misión es desentrañarlo, enmendar el desastre. Arreglar niños rotos.

Es un trabajo minucioso el de Bruce Perry. Lento, desagradecido, frustrante. Se enroló en la psiquiatría infantil después de trabajar con veteranos de Vietnam. La guerra había turbado sus mentes y distorsionado su realidad. Sufrían pesadillas, reaccionaban con agresividad a la más mínima amenaza, no soportaban los ruidos fuertes. Su mente parecía vivir aún entre los disparos. En 1980, la comunidad médica bautizó este conjunto de síntomas como trastorno de estrés postraumático.

Por aquel entonces se aceptaba que una experiencia extrema, incluso un ataque de unos minutos, podía afectar a los soldados de por vida. Sin embargo, con la misma naturalidad se afirmaba taxativamente que los niños eran «resistentes». La primera vez que el doctor Perry escuchó el axioma de marras venía de visitar la escena de un crimen. La sangre aún bañaba el sofá y salpicaba las paredes y tres pequeños testigos se acurrucaban en un rincón. Le dijeron: «Los niños estarán bien», y aquel recuerdo grabado a fuego resuena en la conversación con PAPEL. A partir de ese día, el doctor Perry dedicaría su vida a demostrar que se equivocaban.

El vecino de Tina había abusado de ella desde los cuatro hasta los seis años. Cuando ejercía de canguro, el adolescente la ataba, la violaba, la sodomizaba con objetos extraños, la amenazaba con matarla si se lo contaba a alguien. Igual que había aprendido a caminar, a hablar y a escribir, había interiorizado la ecuación hombres = sexo. Por eso, para ella fue completamente natural lanzarse a por la bragueta de su psiquiatra.

Lo de Tina no salió bien. Sin embargo, su médico no pudo reprimir las lágrimas cuando recibió, dos años después de tratar a Justin, una breve nota en la que sólo ponía: «Gracias, doctor Perry». Cuando lo conoció, tenía seis años y estaba en la UCI, ingresado por una neumonía. Le habían fabricado una jaula con una cuna de hierro y un panel de contrachapado. Se mecía adelante y atrás, gruñía, se hacía sus necesidades encima y las lanzaba a las enfermeras a través de los barrotes. Como un animal.

La historia de este pequeño salvaje es la que da nombre al libro en el que Bruce Perry recorre, a lomos de la pluma de la periodista Maia Szalavitz, los casos más extremos de su carrera. El chico a quien criaron como perro, que publica Capitán Swing en español, es, efectivamente, Justin. Un niño que, por una fatídica carambola del destino, quedó al cuidado de un hombre mayor, ignorante y criador de perros que creyó de corazón que lo mejor que podía hacer por el niño era lo mismo que hacía con sus canes.

Por las manos de este psiquiatra estadounidense han pasado niños anónimos crecidos en intrincados sistemas de acogida, pero también niños que forman parte de la historia de los EEUU. Los supervivientes del atentado de Oklahoma en 1995, los de la matanza de Columbine en 1999, los niños que vivieron una controvertida oleada de abusos y rituales satánicos a menores en una pequeña población tejana a principios de los años 90, y que él nunca se creyó del todo.

Perry dirigió la recuperación (más o menos exitosa) de los más jóvenes habitantes que lograron escapar de la masacre de los Davidianos de Waco. De hecho, los niños avisaron sin querer al psiquiatra de que los 51 días de asedio a la comunidad iban a terminar en tragedia. «Hablé al FBI de los dibujos exaltados y de las amenazas que los niños no dejaban de repetir», recuerda, pero nadie le escuchó. El 19 de abril de 1993, más de 80 personas perdieron la vida en aquel rancho al que prendieron fuego.

De toda clase de hecatombes llegan llamadas a la Child Trauma Academy, la institución de la que Perry es investigador senior. Cuando uno pregunta a alguien que arregla niños rotos por qué eligió la psiquiatría infantil espera algo así como heroico. Pues no. Fue pura curiosidad científica.

Es la biología del cerebro la que le apasiona. Estudiar cómo afecta el trauma a las redes neurológicas. Y el cerebro se desarrolla a velocidad vertiginosa en la infancia, un 90% crece antes de los cuatro años. En ese periodo, una experiencia traumática puede echarlo todo a perder. Cuando Perry llegó a la psiquiatría infantil, su enfoque se consideraba «mecánico y deshumanizador». Pero en los 90, «la década del cerebro», todo cambió y se convirtió en una institución.

El cerebro crece de dentro hacia afuera. Primero se desarrollan funciones físicas tan básicas como el sueño, el apetito o la frecuencia cardíaca, más tarde llegan la excitación, las emociones, la conducta sexual y el apego, y finalmente el pensamiento concreto y abstracto. Perry indaga, rastrea qué área no funciona y encuentra cuándo se torció todo.

Y todo pudo torcerse por algo tan evidente como una violación, una paliza o la una pérdida violenta, pero también por algo tan inocente como la ignorancia, la dejadez o la falta de tiempo. De hecho, la coprotagonista de El chico a quien criaron como perro no es una investigadora, ni una estudiosa de la puericultura. Mamá P. es una madre de acogida que es todo afecto. Juntos, ciencia y humanidad, farmacología y abrazos, Perry y Mamá P. han ido desentrañando desde Houston (Texas), la fórmula para arreglar niños rotos.

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