Prueba y error

Escrito por . Entre Paréntesis.

Coincido con Enrique Dans (https://www.enriquedans.com/) en que nos hemos excedido al denominar nativos digitales a los nacidos o crecidos durante la revolución e-tecnológica de los últimos veinte años. Como afirma en una excelente entrevista en http://www.madresfera.com (ver aquí), la simple cercanía a un medio físico o intelectual no garantiza mayor ni mejor afinidad. Jóvenes y mayores aprendemos por prueba y error. O, mejor dicho, encadenamos errores hasta lograr un aprendizaje efectivo y eficaz: real y con una tasa de error mínimamente admisible.

Es en el ámbito del miedo donde la diferencia entre el comportamiento juvenil y el de los adultos se muestra diferente. En general, los menores se comportan con la osadía propia del desconocimiento de las consecuencias previsibles o posibles; carentes de experiencias propias y renuentes a aprender de las ajenas, subestiman los riesgos y sobrevaloran su capacidad de controlar los resultados. No sienten estas acepciones de la palabra miedo: prevención, aprensión, desconfianza o desasosiego. Los adultos, por contra, sobrestimamos las dificultades e inflamos nuestra percepción del riesgo al generalizar los comportamientos negativos y las consecuencias desagradables del mal uso de las e-tecnologías. Sin embargo, con tecnologías de mayor raigambre no actuamos así; hemos aprendido tras múltiples experiencias (no siempre positivas), avisos e informaciones que es posible controlar dentro de un margen el uso de los medios técnicos. Piénsese, por ejemplo, cómo percibe un adulto medio hoy en día el riesgo de conducir un vehículo por encima de 100 km/h.

Jóvenes y adultos compartimos, afortunadamente, la necesidad de experimentar para aprender y saber. Probar y equivocarse/acertar es inevitable. Y yo me pregunto: si lo es, ¿por qué no lo utilizamos como un recurso consciente, al modo científico? Se me ocurren estas razones desde la perspectiva de un adulto que se da cuenta de que las e-tecnologías son inevitables… y “deseables”.

  • Es más cómodo no hacerlo. Evita tener que estar en permanente proceso de actualización tecnológica. Suelen aducirse la falta de tiempo o la velocidad del cambio, ambas razones ciertas. Pero no se nos pide que seamos expertos. Y, por otro lado, los umbrales de acceso al conocimiento de los recursos que utilizan los jóvenes son cada vez más bajos, lo que es una de las claves de su éxito.
  • Se tiene la perspectiva del control. Y, como es entre difícil e imposible, o se abandona como pretensión o se delega en terceros, en este caso también e-tecnológicos: los sistemas de control parental, auténticos placebos que nos “eximen” de complicarnos la vida.
  • Se considera la e-tecnología como un postizo llamado a ocupar un lugar subsidiario o lateral en un margen de tiempo prudente. Grave error: ¿acaso está disminuyendo el consumo por los adultos de móviles, apps o plataformas digitales? En todo caso, muchos adultos hemos comenzado a situar lo digital para tareas específicas o momentos determinados. Y lo hemos hecho tras habernos equivocado con su uso excesivo. ¿O no?
  • Se compara inconscientemente su aprendizaje con el de otras tecnologías y se cede la obligación de su enseñanza a los expertos. Qué duda cabe que la escuela puede ser un lugar excelente para aprender a usar recursos digitales para esferas distintas de las del entretenimiento y la comunicación interpersonal. Es evidente que haríamos bien los colegios en tomarnos en serio el salto digital y asumiéramos nuestro papel de “instructores” en la conducción de estos nuevos vehículos. Pero, en mi experiencia, nadie aprende a conducir sólo con las clases de la autoescuela. Es la práctica, con sus variadas circunstancias, la que enseña. Y así debe ser también con las e-tecnologías.

Creo que la forma científica de abordar la prueba y el error puede darnos pistas a los adultos de cómo situarnos ante el aprendizaje digital de los más jóvenes. Subrayo estas:

  • Se trata de un proceso continuo cuyos resultados van mejorando con las sucesivas experiencias. Ser conscientes de esta realidad insoslayable puede eliminar expectativas inalcanzables.
  • En todo proceso de experimentación en el que existe la posibilidad de errar hay riesgo de que el error sea importante. Ni el mejor acompañamiento evita que puedan producirse accidentes, aunque minimiza su probabilidad.
  • El control del proceso no se pone en su desarrollo, sino en las condiciones iniciales o de contorno. Por ejemplo, para acompañar a los jóvenes en el acceso a las redes sociales hay que tener claro que hay que ayudarles a que comprendan qué deben tener en cuenta y cómo deben comportarse. Una vez en marcha, no es posible manipular lo que está sucediendo, pues de lo contrario no habrá aprendizaje.
  • El análisis de resultados es un elemento clave de la prueba y error científica. Quizá sea este el punto más delicado y menos abordado por los adultos responsables en el acompañamiento e-tecnológico de los menores. Lo más importante de un aprendizaje por prueba y error no está en el éxito o fracaso del intento, sino en las razones del resultado obtenido. En el terreno digital (y no sólo en él), tan valiosa es una experiencia satisfactoria como una desastrosa si se saben analizar las causas conducentes y las consecuencias derivadas. Desgraciadamente, nuestra cultura formativa no se ha caracterizado por dar suficiente importancia a la evaluación de experiencias y procesos, por lo que los adultos no estamos bien conformados en la cultura de la evaluación.

Concluyo. Nada perdemos los adultos probando y equivocándonos al acompañar a los jóvenes en el desenvolvimiento en el mundo digital. Es más, el intento es productivo en términos de cercanía generacional y de posibilidades de comunicación. Como sucede con otras realidades a las que los jóvenes dan importancia, el interés de los adultos puede resultarles “poco natural” o anacrónico. Pero agradecen el interés, porque al interesarnos por lo que hacen saben que nos estamos interesando por ellos como personas.

http://entreparentesis.org/prueba-y-error/

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