¿Por qué no le dejas? Preguntas ante la violencia machista

Escrito por . Entre Paréntesis.

El fin de semana pasado fuimos testigos de una escena de violencia de género (violencia machista), en un aparcamiento público, en medio de celebraciones y lamentos futboleros. En el ratito que compartimos con la víctima, mientras esperamos la llegada de la policía, nos asomamos a la intrincada historia de tantas mujeres que se ven atrapadas, que quieren salir pero tienen demasiado en contra. La pregunta que uno de los policías le hace, ‘¿pero por qué no le dejas?’ pone en palabras lo que pensamos cuando nos enteramos de una historia de violencia. Por la cara de ella, se lo han preguntado mil veces. Se lo ha preguntado mil veces a sí misma. Lo ha intentado una y otra vez. Pero no consigue salir.

No voy a pretender explicar sus razones, pero me quiero detener en la pregunta. Las relaciones de violencia no empiezan con un golpe, sino con atracción, con emoción, con entusiasmo, como suelen comenzar todas las parejas. La violencia no aparece en el primer acto: se introduce lentamente, vestida de preocupación, tal vez excesiva, pero preocupación al fin y al cabo. La violencia se instala de forma clandestina, amparada en la idea enferma de amor romántico que consumimos a diario. Poco a poco él se vuelve controlador, y ella cree que vale la pena dejar hacer un par de cosas, para evitar molestias, sin exagerar. Sólo para que él se sienta seguro del amor que le tiene. A fuerza de quererlo le va a demostrar que no hay nada que temer, que ella lo quiere de verdad.

Es como el experimento de la rana en agua caliente, que es bastante espeluznante, y no sé si haya sido un experimento de verdad, pero como relato mitológico, tiene una buena moraleja. Si se lanza a una rana al agua hirviendo, esta logra saltar de la olla: su reacción es inmediata, está en una situación peligrosa, y si no salta muere.

Pero si se pone a una rana en un recipiente lleno de agua y se calienta el agua poco a poco, la rana no salta. Adapta su temperatura corporal al aumento de temperatura, hasta que está demasiado caliente para seguir adaptándose. Cuando el agua está a punto de hervir, la rana no puede soportar más el calor. No puede saltar: ha perdido toda su fuerza ajustando la temperatura corporal. Ya no puede salir.

Es una forma de entender cómo se llega a una relación de violencia. Se empiezan a hacer pequeñas concesiones, que parecen poco importantes, perdonando una actitud desagradable, que nadie diría que es violenta. No hay que exagerar. Hasta que llega el primer mal rato: él se descontrola, grita, insulta. Y ella se asusta, quiere salir corriendo, decide dejarlo. Pero él se arrepiente, pide perdón, promete que nunca más va a pasar. No sabe lo que le pasó. Es que la quiere tanto, perdió el control, pero nunca más volverá a ocurrir. Si lo deja, se muere. Ella es lo más importante de su vida, nunca le haría daño. No volverá a pasar, lo jura. Y ella decide perdonar, dar una oportunidad. Sólo una. Adapta su temperatura, sólo por esta vez.

Y resulta. Las cosas empiezan a ir mejor, y se sienten más enamorados que nunca. Hasta que las mariposas en el estómago empiezan a aletear cada vez menos. Lentamente, las cosas vuelven a la normalidad. Y empiezan a tener pequeñas tensiones, como las que tienen todas las parejas, claro. Aunque esas tensiones parecen crecer un poco más. Él a veces dice cosas desagradables, ella se molesta. A veces le responde también con acritud, pero eso empeora las cosas: no vale la pena. Quiere que todo sea como antes, y se esfuerza por volver a estar bien, y hace algunas concesiones más. De repente, vuelve a suceder. Él estalla. Y de nuevo hay gritos e insultos, esta vez la agarra por el brazo (sube un poco la temperatura). Y de nuevo pide perdón, llora, de verdad parece estar sufriendo. Ha perdido los nervios, a todos nos pasa. Y le da otra oportunidad. Vuelve a ajustarse al cambio de temperatura.

Pero cada vez que se repite este ciclo: acumular tensión, estallido y luna de miel, pierde energía, y cada fase suele ser peor que la anterior. Ella ha escuchado muchas veces que es su culpa, que hace todo mal, lo está buscando, y él la aguanta porque la quiere, pero es tan insoportable que nadie más podría quererla.  Si ella intenta salir, la represión es feroz. El mensaje está claro, “Harás lo que te digo. No te moverás sin mi permiso. No vivirás si no es como yo espero que lo hagas”, como explica Rocío Faúndez en este gran artículo.

Sin darse cuenta, de repente, el agua hierve alrededor de las víctimas, está viviendo un infierno, y no tiene fuerzas. Ha escuchado demasiadas veces que no sirve para nada, no cree que pueda intentar salir. Si lo intenta y fracasa, el precio será demasiado alto.

Pero hay una diferencia fundamental entre este experimento y la vida real. Las víctimas de violencia machista sí pueden salir. Muchas mujeres han logrado vencer al pánico que las atenaza, al terror en el que viven y piden ayuda. Nuestro deber, como ciudadanos, es estar ahí para ayudar: si escuchas o ves algo, llama a la policía, haz una denuncia, que incluso puede ser anónima, ofrece compañía, no toleres expresiones machistas, exige medidas contundentes. El deber del estado es prevenir la aparición de la violencia, poner las medidas legislativas necesarias para castigar la violencia machista, atender adecuadamente a las víctimas, para proteger a los hijos e hijas, víctimas también. Desterrar al machismo, que mata y degrada, sin buscar excusas. No protejamos al agresor, exponiendo a las víctimas a la violencia y la muerte.

Y si por casualidad, alguna víctima está leyendo esto, puedes encontrar ayuda, llamando al 016, que no aparecerá en la factura de teléfono. Y por favor, NO TE RINDAS.

http://entreparentesis.org/no-le-dejas-te-dejas-las-preguntas-ante-la-violencia-machista/

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