Los españoles dicen que les preocupa la educación… pero mienten

Mar Millasante 22/02/2017 El Mundo.

Sobre el papel, defendemos transformar el país con la formación y la ciencia, pero las encuestas las sitúan lejos de las grandes preocupaciones

La educación, como la sanidad, forma parte de esas cuestiones que se consideran esenciales para la sociedad. Trampolín profesional para unos, garantía de estatus para otros, apuesta de futuro para todos. Sin embargo, a pesar de sus luces y sus sombras, de las advertencias de los indicadores internacionales, de las alarmas sobre la calidad de la enseñanza más allá de los discursos catastrofistas, las estadísticas muestran que, más bien, o no interesa o no preocupa.

El último avance de resultados del Barómetro del CIS, correspondiente a enero de 2017, sitúa a la educación en el séptimo lugar de la lista de problemas que preocupan a los españoles, por detrás del paro, la corrupción, la economía, la clase política, la sanidad o los de índole social. Y eso que se reconoce como el quinto que más nos afecta, sólo superado por el paro, la economía, la sanidad y la corrupción.

Algunos profesionales de la educación argumentan que, en época de crisis, las prioridades de las familias cambian y se concentran en llegar a fin de mes. Pero si nos remontamos a finales de 2005, por ejemplo, vemos que quedaba relegada al puesto 11 del rosario de problemas de los españoles, entre los que entonces se colaban el terrorismo de ETA, la inmigración y hasta las drogas. Y eso que en aquel año el fracaso escolar rozaba el 30%.

Sobre el papel, la educación interesa, y mucho. Sobre el terreno emergen las dudas. Se dice que familias y estudiantes son cada vez más conscientes de su importancia, que invierten más esfuerzos, recursos y tiempo pero… ¿tanto como creen?

Compromiso teórico, pero no real

Algunos expertos sostienen que la sociedad muestra más interés que nunca hacia las cuestiones educativas. Los debates que suscitan PISA y otras evaluaciones internacionales, unidos a la preocupación creciente por la situación socioeconómica y el futuro de los hijos, las campañas sobre el bullying, los deberes o los comedores escolares habrían contribuido a poner la educación en el foco de las inquietudes de la población o, al menos, de una parte de ella.

El caso es que el compromiso con la enseñanza se antoja más teórico que real. En opinión de Alejandro Navas, profesor de Sociología de la Universidad de Navarra, “se intuye que la educación es clave para el futuro, pero los hechos no acompañan porque no hay una voluntad decidida por mejorarla“.

Y así, con diferencias autonómicas, se mantiene un sistema que, en conjunto, los informes internacionales definen como “mediocre” y ante el que ningún gobierno ha reaccionado. No hay acuse de recibo de la situación y, aunque de modo ritual se invoca un pacto, “España sigue pendiente de un auténtico debate educativo sobre el enfoque de las enseñanzas”, asegura el profesor.

‘Patología del proteccionismo’

Navas llama la atención sobre las paradojas de una sociedad en la que determinados grupos sociales apuestan por la estimulación precoz, una agenda sobrecargada de actividades escolares y extraescolares y una educación que garantice el futuro de los hijos pero que ha llegado a una “patología del proteccionismo”, en la que los padres se indignan ante un suspenso porque lo reciben como una censura hacia su labor, en la que cunde la idea de que cualquier niño es superdotado y se reparten notas fabulosas sin ningún mérito. “Cuando se pregunta a los premios de bachillerato o de fin de carrera si estudian mucho siempre responden que son muy organizados, parece que tienen que disimular y esconderse”, se lamenta.

El catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Barcelona Jorge Calero indica que el tratamiento que damos a la educación va por grupos sociales, es decir, que para unos tiene una importancia crucial pero otros con menos recursos e información no pueden centrar sus estrategias en las trayectorias educativas de sus hijos.

Los análisis muestran que “los grupos de clases medias y altas invierten más en educación, tanto con recursos como con tiempo, y tienen una actitud extremadamente activa, mientras que otros grupos tienen una actitud más pasiva. Y no es por azar, sino por origen social y cultural”, puntualiza. Son esas familias activas las que, como apunta, tienen una mayor capacidad de cambiar el sistema, tanto porque consiguen más voz y voto en los centros como porque tienen una mayor facilidad de abandonarlos cuando no satisfacen sus expectativas.

Una de las conclusiones del informe La participación de las familias en la educación escolar, elaborado por el Consejo Escolar del Estado, apuntaba a que padres y madres tienden a sobreestimar su implicación en la enseñanza. Los datos de este estudio señalan, de hecho, que la participación de las familias en los consejos escolares se limita a un precario 12%. Apenas una de cada cuatro o cinco, en función de la etapa, declara su disponibilidad a formar parte de estos órganos de representación y una de cada 10 afirma, directamente, que desconoce lo que son.

Los estudiantes tampoco se interesan

Al igual que en el caso de las familias, los estudios constatan que los alumnos tienden a tener un peso reducido en los órganos de gobierno de las universidades. Sin ir más lejos, la participación de los estudiantes en las últimas elecciones a rector de la Universidad de Barcelona, celebradas el pasado mes de diciembre, fue de sólo un 10%, un porcentaje superior al último 7% registrado en 2013 en la UNED, inmersa ahora en un nuevo proceso electoral que tendrá lugar en marzo.

La percepción de la universidad como un lugar temporal o de paso, la falta de tiempo y de información o un sentimiento de distanciamiento respecto a la institución y a las cuestiones burocráticas o internas que allí se tratan aparecen como algunos motivos de esta ausencia de compromiso. Y llevan a que esta pauta se repita en otros órganos de representación. Un análisis elaborado por la Universidad de Girona cifraba en un 2% la participación de los estudiantes en las elecciones a claustro universitario, y por debajo del 10% en las elecciones para la junta de facultad, en las que a veces no se llegaría a lograr ni siquiera el número de candidaturas para cubrir las plazas disponibles. Además, un tercio del alumnado manifiesta su indiferencia por las elecciones a delegados.

Así las cosas, a la relativa despreocupación se suma un cierto desconocimiento. En un reciente sondeo realizado por la Fundación Europea Sociedad y Educación bajo el título Opiniones de los españoles sobre sus universidades, casi la mitad de los encuestados reconocía no saber, ni por aproximación, cuál era el porcentaje del coste total de la enseñanza en la universidad pública que paga un estudiante promedio sin beca.

Puede que la pregunta fuera de nota, pero la misma proporción de encuestados no había leído ni oído hablar nunca acerca de los ranking internacionales de universidades y, entre los que sí lo habían hecho, cuatro de cada 10 no sabía decir el número de instituciones que podían estar entre las 200 primeras a escala mundial.

Una cuestión vital pero difícil de entender

Uno de los autores de este estudio, Juan Carlos Rodríguez, profesor de Sociología de la Universidad Complutense, aclara que no debemos extrañarnos por estos resultados porque saber cómo funciona el sistema educativo requiere de una cierta especialización. “La gente, en general, tiene un conocimiento aproximado de muchos temas, y en la educación este conocimiento no es muy bueno”, precisa.

A ello se añade el efecto de la capacidad de decisión y el vínculo que tienen las familias y los estudiantes con los centros. Eso explica, por ejemplo, la baja participación en las elecciones a los consejos escolares, donde son los profesores los que tienen la voz cantante, o el hecho de que los docentes y el personal de administración y servicios sean los que más votan en las elecciones en la universidad, porque son los que más tiempo de su vida pasan en ella.

La educación es una cuestión vital que entienden hasta las personas con menos recursos porque de ella depende el futuro de los hijos”, defiende, en cambio, la profesora asociada de Historia de la Educación de la UNED Beatriz Comella reconoce que la gente de mayor nivel económico carga a sus hijos con más actividades extraescolares y viajes y delega una parte importante de esta faceta en profesionales que refuerzan la educación. Con todo, también aclara que cada vez hay más gente con menores recursos comprometida con la formación de sus hijos, y eso se aprecia, por ejemplo, en el hecho de que los dos progenitores acudan a las tutorías.

http://www.elmundo.es/f5/campus/2017/02/22/58ac8428e2704e76598b4570.html

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