Cómo afrontar la desesperanza y volver a la ilusión

Arturo Torres. Psicología y mente.

La amargura y el pesimismo de creer que nada va a ir a mejor forman una trampa mental.

Cómo afrontar la desesperanza y volver a la ilusión

En ocasiones, los acontecimientos que vivimos parecen ir de la mano de una enseñanza: nada puede ir mejor. Esta creencia es irracional, pero a pesar de ser conscientes de ello la aceptamos como una regla de oro que describe perfectamente la realidad. Por eso, afrontar la desesperanza no es fácil… pero tampoco es imposible.

En realidad, por mucho que creamos que ese pesimismo vital encaje totalmente con el modo en el que la vida se va desarrollando ante nuestros ojos y que cualquier interpretación más positiva de lo que será el futuro supone engañarse a uno mismo, lo que sabemos gracias a las investigaciones en psicología y neurociencias muestra que esto no es así.

Aunque parezca mentira, la desesperanza y el pesimismo asociados a los síntomas de la depresión y la tristeza son, al igual que la esperanza y el optimismo, formas de ver la vida que construimos nosotros mismos, y que no vienen dadas por “la realidad” tal y como es.

El relato vital pesimista

Resulta contra intuitivo y difícil de entender al principio, pero la desesperanza es algo que se aprende, algo que nace en nosotros mismos y que es relativamente independiente de los acontecimientos externos que no podemos controlar.

Eso implica dos cosas:

  • Las predicciones que realizamos acerca de cómo va a ser nuestra vida dependen de nuestro estado anímico.
  • La desesperanza y el pesimismo no son formas más “realistas” de ver las cosas.

Pero entonces… ¿por qué tendemos a pensar que la desesperanza es una manera de ver la realidad sin aditivos, de manera más honesta y ajena a los sentimientos y a los deseos? Si nos damos cuenta, tendemos a ver a los optimistas como “soñadores” o “personas que no tienen los pies en la tierra”, mientras que atribuimos una mayor capacidad de ver las cosas sin filtros a aquellas que son más amargas y pesimistas.

La respuesta tiene que ver con un mecanismo de compensación psicológica que veremos ahora.

Compensar la desesperanza

Desde que somos pequeños, aprendemos a ver las cosas atendiendo a los equilibrios que se establecen entre los inconvenientes y las recompensas. Ir solos al baño significa que recibiremos las alabanzas de nuestros padres; desatender nuestras tareas de la escuela supondrá que los maestros y nuestros padres se enfaden. De algún modo, notaremos que en casi todo hay un mecanismo de compensación.

La desesperanza hace que notemos un fallo en esta manera de ver la realidad, pero no del todo. Por un lado, vemos que nuestros esfuerzos no se corresponden con los resultados que obtenemos (por ejemplo, por mucho que intentemos gustarle a una persona esta no tiene por qué tratarnos mejor).

En casos más extremos, notamos que absolutamente todos los esfuerzos por proteger nuestra integridad y bienestar son en vano, y podemos llegar a rendirnos del todo. Este fenómeno se conoce como indefensión aprendida.

Sin embargo, el mecanismo de compensación sobrevive en la manera en la que juzgamos esa desesperanza en sí misma. De algún modo, llegamos a la conclusión de que el pesimismo es la manera más fiel a la realidad de analizar lo que ocurre. ¿Por qué? Porque ser pesimista es doloroso, y alguna compensación debe tener.

Paradójicamente, ese sistema de equilibrios que las personas que han perdido la esperanza descartan por creerlo una manera de autoengaño sobrevive en sus ideas, aunque con una diferencia: en su caso, solo sirve para producir amargura, tristeza y malestar.

Aceptando la capacidad de construir la realidad

Así pues, tanto si somos optimistas como si hemos caído en la desesperanza, nuestra manera de ver las cosas nunca puede ser neutral ni objetiva.

Nuestro cerebro no está hecho para absorber toda la información del mundo que nos rodea y los procesos que van produciéndose en él, sino que constantemente está seleccionando información relevante a través de sesgos… y esto no es malo necesariamente.

Simplemente, existen unas interpretaciones de lo que ocurre que son más útiles que otras. Y el pesimismo patológico no tiene ninguna ventaja en sí, de modo que… ¿por qué asumir que nos ofrece una perspectiva más razonable de los hechos?

Afrontar la desesperanza y volver a recuperar la ilusión no es simplemente una manera de sentirse mejor: es una declaración de principios que implica utilizar nuestra propia capacidad de extraer interpretaciones sobre los hechos en beneficio propio, en vez de dejar que estas se transformen en obstáculos que no nos dejan avanzar. De hecho, este es uno de los principios de la reestructuración cognitiva, uno de los componentes de las Terapias Cognitivo Conductuales: encontrar alternativas a la hora de leer la realidad.

Así que, si crees que te sería útil poner algo más de ilusión en tu vida, puedes empezar por considerar los siguientes puntos.

1. Fíjate objetivos

Muchas veces, la desesperanza es fruto de la falta de objetivos. Cuando no hay nada que hacer, aparece el estancamiento emocional, el tedio y la desesperanza, ya que se asume que nada importante o bueno va a ocurrir.

Para salir de esta dinámica, ponte objetivos concretos y razonables, como por ejemplo empezar un plan de entrenamiento o empezar a aprender por tu propia cuenta acerca de un tema. Además, es bueno que dividas este plan en pequeños sub-objetivos a corto plazo, para que puedas ver en seguida los progresos que haces.

2. Rodéate de gente positiva

El optimismo se contagia, así que estar en contacto con gente que ve las cosas a través de la esperanza es siempre positivo y estimulante. Acostumbrarte a estos círculos sociales te dará más oportunidades de vivir sensaciones nuevas, momentos de euforia y, en general, de felicidad.

3. Sal de tu zona de confort

La desesperanza es amarga, pero también tiene un componente adictivo: permite no asumir responsabilidades importantes y no correr el riesgo de pasar momentos de nerviosismo. Sin embargo, pequeñas dosis de frustración y de estrés son necesarias para progresar en ciertos ámbitos de la vida.

Por ejemplo, para una persona tímida puede ser incómodo conocer nuevas personas, pero pasado un momento inicial de nervios, la recompensa puede llegar a ser mucho más satisfactoria que la comodidad inicial de la zona de confort.

Por eso, es necesario tratar de obligarse a uno mismo a realizar actos de valentía que a medio y largo plazo resultarán positivos.

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